domingo, 3 de julio de 2011

Aquella tierna mirada

Miércoles 17 de junio, día nublado y a punto de llover. Paso por delante del cine y me detengo a observar la cartelera; pues el clima invita, hoy tengo un poco de tiempo y me gustaría ver una película.
Luego de mirar los afiches de cada uno de los estrenos, me detengo en el último, el cual muestra el rostro de un viejo con la mirada más profunda y pura que haya visto en mi vida. Anonadado, me sumerjo en sus ojos y por varios minutos no puedo sacar mi vista de su mirada. De repente tengo un defasaje. Es como si parte de la historia a ver, ya la hubiese vivido. O más bien, que a través de esos ojos ya la hubiese comprendido.
En ese momento comienzo a dudar y me pregunto si vale la pena entrar a ver algo que tal vez ya conozca. Entonces, decido dar media vuelta y dejar lo del el cine para otro día, pero camino una cuadra y me doy cuenta que es imposible olvidarme de esa mirada. Por eso, sin dudarlo vuelvo y me dirijo hacia la boletería, no sin antes observar mi reloj. Son las cuatro y a las seis tengo un compromiso importante, por lo cual decido preguntar la duración de la película. “Dura noventa años” me dice el señor detrás de la barra. Lo miro fijo a los ojos esperando su risa, en alusión a que seguramente se trataba de una broma, pero increíblemente el hombre esbelto y de bigotes abultados no hace ni una mueca y continúa mirándome serio.
Más allá de todo, necesitaba comprender un poco acerca de esos ojos que tanto me atrapaban. Por eso continúo mi camino y antes de ingresar a la sala, entrego el boleto a quien corresponde; éste me mira como quien mira a un loco y me pregunta si de verás iba a ver esa película. Me observa un rato largo y esboza un intento de risa, esperando que responda de igual manera, para constatar que se trataba de un chiste. Pero yo no muevo ni una sola articulación y le digo que debo ingresar ya mismo porque se me hacía demasiado tarde. El hombre sorprendido y con los ojos gigantes me agarra el ticket y yo entro a ver la película. Abro las cortinas y observo las cientos de butacas que tengo para elegir. Claro, están todas vacías, pues ¿quien entraría a ver una película de noventa años de duración? Recorro la sala de punta a punta y elijo el mejor lugar, me siento cómodamente y muy relajado me dispongo a disfrutar al menos una parte de esa extensa historia.
En un momento logro abstraerme de esos ojos, miro el reloj y me doy cuenta que se me hace tarde. Más allá de lo mucho que me quedó por ver pude comprender bastante, o al menos lo esencial. Contaba la vida de un maestro, que sin tiza ni pizarrón brindaba lecciones de vida mediante el simple hecho de vivir. Narraba acerca de la historia de un héroe, que sin capa ni espada era profundamente idolatrado por sus seres más queridos. Un tesoro perdido en un mundo en el cual los ejemplos no sobran, una joya invaluable, un manual abierto del respeto hacia la vida. En fín, se trataba de la vida de un viejo con la mirada más transparente que haya visto alguna vez.
Tras levantarme de la butaca, salgo corriendo del cine, el de los tickets vuelve a mirarme con extrema rareza, al llegar a la calle me tomo un taxi y me voy al médico. A todo esto, extrañamente el día había cambiado por completo, había un sol radiante y un cielo limpio y puro…como la mirada del viejo.
Luego de salir del doctor decido ir de mis nonos, es raro siendo miércoles, pero tengo mucha necesidad de visitarlos. Entonces llego a la casa, abro la puerta y grito un poco. De todos modos no encuentro a nadie, por lo cual recorro el pasillo y me voy al tallercito. Ahí lo veo a mi abuelo de espaldas, y le grito ¡Nonooo! Entretenido, arreglando unos zapatos no logra escucharme. Por eso voy hacía él y de repente se da vuelta y me mira fijo a los ojos. Casi sin reacción, me quedo totalmente paralizado, y en un instante, que pareciera casi un siglo, contemplo tiernamente su mirada y lo comprendo absolutamente todo.

Texto perteneciente a Diego Gironelli. Inspirado en mi abuelo Pedro, al cumplir noventa años.

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